Category: Formación médica

Cómo se formaba un médico, cómo se forma hoy y cómo debería formarse: exigencia sin humillación, porque se trabaja con vida humana.

  • Lo que la vieja escuela hacía bien

    En la dedicatoria de mi libro le agradezco a mis profesores. A los que de verdad enseñaron y a los que nos jodieron la vida para hacernos más fuertes. De todos, al final, aprendimos algo.

    Lo sostengo. Y como ya conté lo que hay que romper, esta vez toca lo incómodo: reconocer lo que la vieja escuela hacía bien.

    Tenían parte de razón

    Aquellos mentores que nos exigían hasta el límite, que repetían que cuantas más historias clínicas redactáramos y más noches pasáramos en vela más aprenderíamos, tenían, aunque nos cueste admitirlo, parte de razón.

    Cada paciente es una enciclopedia viva. Un libro de texto andante que enseña lo que ninguna pantalla puede. El ojo clínico no se descarga: se forma paciente a paciente, caso a caso, repetición a repetición. Y eso exige volumen, horas y exposición real. No hay atajo.

    La exigencia protege al paciente

    Recuerdo mi primera vez en un quirófano. Antes de empezar, el residente nos dio las reglas como un sargento: con los guantes estériles puestos, las manos siempre por encima de la cintura, entrelazadas frente al pecho. No tocar nada, absolutamente nada, fuera del campo quirúrgico. Un solo desliz y te sacaban de la sala.

    Era duro. Y era correcto. Esa rigidez no era capricho: era la frontera entre una herida limpia y una infección. Hay estándares que no se negocian porque del otro lado hay un cuerpo abierto.

    La vieja escuela entendía algo que hoy a veces se olvida: la responsabilidad no se enseña con teoría. Se enseña cuando sabes que tu error tiene consecuencias sobre una persona real.

    El ingenio se forja lejos

    En el segundo año de internado nos mandaban al interior del país. Hospitales pequeños, pocos recursos, sin especialistas a la vuelta de la esquina. Ahí el médico es a la vez especialista, enfermero, psicólogo y consejero.

    Ahí aprendí que la medicina no es solo lo que dicen los libros caros y los artículos en inglés. También es ingenio puro, empatía para entender al que sufre en su propio idioma y berraquera para actuar con lo poco que haya. Eso no se aprende en un aula climatizada. Se aprende cuando no hay nadie más a quien llamar.

    Los mentores sin rango

    No todos los maestros tenían título de jefe. Muchas veces el mejor mentor era el interno más antiguo, el que ya estaba por salir. El que, cuando te tocaba colocarle una sonda a un paciente de noventa años que no podía alimentarse solo, te miraba con cara de «yo también pasé por esto» y te enseñaba, paso a paso y con paciencia, lo que nunca te explicaron en la facultad.

    Esa cadena de transmisión, de colega a colega, es de lo más valioso que tiene la formación médica. Hay que protegerla.

    Lo que sí hay que conservar

    Si tengo que resumir lo que la vieja escuela hacía bien, es esto:

    • Volumen real de pacientes. La experiencia no tiene sustituto.
    • Estándares que no se negocian cuando hay una vida en juego.
    • Responsabilidad progresiva sobre pacientes reales, con consecuencias reales.
    • Exposición a la escasez, para formar médicos que resuelven.

    Y una advertencia que sigue vigente: en la soledad de un consultorio rural, sin nadie que te corrija, solo repites una y otra vez los mismos errores que por ignorancia crees aciertos. Por eso el médico necesita, durante su formación, un entorno que lo desafíe.

    Pero con un añadido

    La vieja frase dice que la práctica hace al maestro. Le falta un añadido: la práctica consciente y bien fundamentada hace al maestro. Repetir sin supervisión, sin retroalimentación y sin sueño no forma maestros. Forma costumbres.

    Uno de mis profesores me repetía a Letamendi: «El que solo medicina sabe, ni medicina sabe». La vieja escuela tenía la exigencia. Lo que le faltaba era saber enseñar.

    Conservar la exigencia y cambiar el método. Esa es la tarea.

    Esta es una entrega de la serie Formación médica. El quirófano, el interior del país y mis mentores sin rango están completos en Médicos, semidioses.

  • El cansancio también mata

    Son las tres de la madrugada. Llevo casi veinte horas despierto y por fin logré caer en ese sueño ligero, de duermevela, que apenas te cobija durante un turno de cirugía. Suena el despertador del celular. Toca levantarse a colocar sondas nasogástricas y vesicales a los pacientes que operan temprano.

    Pies descalzos sobre el piso frío. Agua helada en la cara para espantar el sueño. Pasillos vacíos. Despertar a un paciente para explicarle, con toda la amabilidad que me queda, que le voy a pasar un tubo por la nariz hasta el estómago y otro por la uretra hasta la vejiga. Media hora, cuarenta y cinco minutos por persona. Y después, la ronda de la mañana. Y después, el día completo. Más de treinta horas seguidas.

    Nadie en ese hospital pensaba que eso fuera un problema. Era el internado.

    Granos de arena en los ojos

    El cansancio de guardia tiene una textura que cualquier médico reconoce: es como llevar granos de arena en los ojos. Ni la adrenalina de una emergencia lo quita del todo. A la mañana siguiente, el espejo del baño te devuelve ojos rojos y ojeras de mapache, y tú compones la mejor sonrisa que te permiten los músculos entumecidos para empezar otra jornada.

    Y lo celebrábamos. Ver entrar la luz del sol por la ventana después de una noche de guardia era casi una epifanía, como cuando de niño se acababa el miedo a la oscuridad. Nos sentíamos sobrevivientes.

    El paciente no sabe nada de esto. El paciente que llega a las cinco de la mañana ve una bata blanca y da por hecho que quien la lleva está entero.

    Al médico no le permitimos un mal día

    Como sociedad le exigimos al médico excelencia permanente: que esté siempre al cien por ciento, a cualquier hora, en la hora treinta de un turno igual que en la primera. Al piloto le contamos las horas de vuelo. Al conductor de autobús, las horas al volante. Al médico, no. Al médico no le permitimos un mal día, pero tampoco le preguntamos cuántas horas lleva sin dormir.

    La evidencia no deja mucho espacio para la épica. Un estudio publicado en el New England Journal of Medicine en 2004 (Landrigan y colaboradores) encontró que los internos con turnos tradicionales de más de veinticuatro horas cometían un 35,9 % más de errores médicos graves que con horarios reducidos. Y una revisión sistemática publicada en JAMA Internal Medicine en 2018 (Panagioti y colaboradores) asoció el agotamiento profesional del médico con aproximadamente el doble de incidentes de seguridad del paciente.

    No es una cuestión de voluntad. Es fisiología. El cerebro privado de sueño se equivoca más, y lo hace sin darse cuenta.

    No es una queja

    No escribo esto para que alguien le tenga lástima al médico. El personal de salud no es víctima, y quien elige esta carrera sabe que el hospital no cierra de noche. Las guardias existen porque la enfermedad no respeta horarios, y tienen que existir.

    La discusión no es si hay que trabajar duro. Es si tiene sentido diseñar la formación como si el agotamiento fuera parte del aprendizaje. Esa idea de que la historia clínica escrita a las dos de la mañana, sin dormir y sin comer, te hace mejor médico. No te hace mejor médico. Te hace un médico más cansado, atendiendo a un paciente que merecía otra cosa.

    Lo que se puede cambiar

    No hace falta inventar nada. Hace falta decidirlo:

    • Turnos con un límite real, no solo en el papel, y un descanso después de la guardia que se respete.
    • Traspasos de pacientes bien hechos, porque cada cambio de turno es un punto donde la información se pierde.
    • Supervisión real en la madrugada, para que el interno de la hora veinte no decida solo.
    • Y una cultura en la que decir «estoy demasiado cansado para hacer esto con seguridad» sea un acto de responsabilidad y no una confesión de debilidad.

    Firmeza en la formación, sí. Heroísmo a costa del paciente, no.

    Esta es una entrega de la serie Formación médica. Las guardias, las sondas de madrugada y los amaneceres del internado los cuento completos en Médicos, semidioses.

  • Así me formaron

    Tenía seis años cuando me hicieron la pregunta de siempre: «Y tú, ¿qué quieres ser cuando seas grande?». Contesté sin titubear: médico. En mi casa no había batas blancas, ni tíos doctores, ni abuelos en el mundo de la salud. Solo una convicción de niño que todavía hoy me sorprende por lo clara que era.

    Nadie me advirtió lo que venía después.

    «Te destruyeron»

    Estudiante de clínica. Una hora entera interrogando a un paciente, casilla por casilla, traduciendo cada término médico al idioma de la gente. Salgo convencido de que lo hice bien. Entonces llega la presentación ante el prosector: el especialista con veinte años de experiencia que, en teoría, está ahí para enseñarme.

    Frente al paciente y frente a todo el equipo, me lanza una pregunta a quemarropa. No es una pregunta para enseñar. Es una pregunta para exhibir. La mente se me queda en blanco. Sudor frío, el corazón a mil, un signo de interrogación gigante en la cara. Cuando por fin la respuesta empieza a asomarse, ya es tarde. Él sonríe. Siguiente round.

    Entre estudiantes teníamos una palabra para eso: «te destruyeron».

    Lo que más dolía no era el regaño. Era el paciente. Esa persona que durante una hora respondió con paciencia mis preguntas torpes me vio desarmarme delante de ella. Y al día siguiente yo tenía que volver a su cama, con la vergüenza entera en el pecho, a terminar el examen físico como si nada hubiera pasado.

    Hora de entrada, no de salida

    Después vino el internado. Lo primero que nos dijo el residente fue una sentencia: «El médico interno tiene hora de entrada, pero no tiene hora de salida».

    Tenía razón. El papel decía de 7:00 a. m. a 3:00 p. m. La realidad eran guardias de veinticuatro, treinta y seis horas o más. La teoría pedagógica de fondo era casi mágica: si redactas una historia clínica a las dos de la mañana, sin dormir y con el estómago vacío, tu ojo clínico se afina.

    Una genialidad pedagógica, sin duda.

    Así se va poniendo la coraza. Pieza por pieza, sin que nadie la anuncie. Aprendes a no quejarte, a no dudar en voz alta, a no sentir en horario de trabajo. Y el horario de trabajo es casi todo.

    Lo que no cambio

    No escribo esto para pedir lástima. El personal de salud no es víctima.

    Esa escuela también me enseñó cosas que defiendo. Que ningún aprendizaje que valga la pena ocurre sin un esfuerzo brutal. Que cada error, cada descuido, puede convertirse en un daño irreparable a un ser humano real que confía en ti. Y que la formación médica es dura, pero nada justifica una atención mediocre.

    Firmeza, sí. Siempre. Se trabaja con vida humana.

    Lo que hay que romper

    Pero el esfuerzo no tiene por qué convertirse en sometimiento. Y la exigencia no necesita humillar para funcionar.

    Aquel prosector tenía otras opciones. La más sencilla, la más lógica y la menos usada: explicar la respuesta. Hacer lo que se supone que tiene que hacer. Enseñar. O decir algo tan simple como: «Investiga ese tema para mañana y lo discutimos».

    No lo hacía porque a él también lo formaron a golpes, y la tradición convenció a generaciones de médicos de que la letra solo entra con vergüenza pública. No es verdad. Lo que entra con vergüenza es el miedo. Y el miedo le enseña al médico a esconder el error.

    El error escondido no desaparece. Lo termina pagando el paciente.

    Esta es la primera entrega de una serie sobre cómo se formaba un médico, cómo se forma hoy y cómo debería formarse. Empiezo por aquí porque es lo que viví. Lo cuento completo, sin filtros, en Médicos, semidioses.