Así me formaron

Written by

in

Tenía seis años cuando me hicieron la pregunta de siempre: «Y tú, ¿qué quieres ser cuando seas grande?». Contesté sin titubear: médico. En mi casa no había batas blancas, ni tíos doctores, ni abuelos en el mundo de la salud. Solo una convicción de niño que todavía hoy me sorprende por lo clara que era.

Nadie me advirtió lo que venía después.

«Te destruyeron»

Estudiante de clínica. Una hora entera interrogando a un paciente, casilla por casilla, traduciendo cada término médico al idioma de la gente. Salgo convencido de que lo hice bien. Entonces llega la presentación ante el prosector: el especialista con veinte años de experiencia que, en teoría, está ahí para enseñarme.

Frente al paciente y frente a todo el equipo, me lanza una pregunta a quemarropa. No es una pregunta para enseñar. Es una pregunta para exhibir. La mente se me queda en blanco. Sudor frío, el corazón a mil, un signo de interrogación gigante en la cara. Cuando por fin la respuesta empieza a asomarse, ya es tarde. Él sonríe. Siguiente round.

Entre estudiantes teníamos una palabra para eso: «te destruyeron».

Lo que más dolía no era el regaño. Era el paciente. Esa persona que durante una hora respondió con paciencia mis preguntas torpes me vio desarmarme delante de ella. Y al día siguiente yo tenía que volver a su cama, con la vergüenza entera en el pecho, a terminar el examen físico como si nada hubiera pasado.

Hora de entrada, no de salida

Después vino el internado. Lo primero que nos dijo el residente fue una sentencia: «El médico interno tiene hora de entrada, pero no tiene hora de salida».

Tenía razón. El papel decía de 7:00 a. m. a 3:00 p. m. La realidad eran guardias de veinticuatro, treinta y seis horas o más. La teoría pedagógica de fondo era casi mágica: si redactas una historia clínica a las dos de la mañana, sin dormir y con el estómago vacío, tu ojo clínico se afina.

Una genialidad pedagógica, sin duda.

Así se va poniendo la coraza. Pieza por pieza, sin que nadie la anuncie. Aprendes a no quejarte, a no dudar en voz alta, a no sentir en horario de trabajo. Y el horario de trabajo es casi todo.

Lo que no cambio

No escribo esto para pedir lástima. El personal de salud no es víctima.

Esa escuela también me enseñó cosas que defiendo. Que ningún aprendizaje que valga la pena ocurre sin un esfuerzo brutal. Que cada error, cada descuido, puede convertirse en un daño irreparable a un ser humano real que confía en ti. Y que la formación médica es dura, pero nada justifica una atención mediocre.

Firmeza, sí. Siempre. Se trabaja con vida humana.

Lo que hay que romper

Pero el esfuerzo no tiene por qué convertirse en sometimiento. Y la exigencia no necesita humillar para funcionar.

Aquel prosector tenía otras opciones. La más sencilla, la más lógica y la menos usada: explicar la respuesta. Hacer lo que se supone que tiene que hacer. Enseñar. O decir algo tan simple como: «Investiga ese tema para mañana y lo discutimos».

No lo hacía porque a él también lo formaron a golpes, y la tradición convenció a generaciones de médicos de que la letra solo entra con vergüenza pública. No es verdad. Lo que entra con vergüenza es el miedo. Y el miedo le enseña al médico a esconder el error.

El error escondido no desaparece. Lo termina pagando el paciente.

Esta es la primera entrega de una serie sobre cómo se formaba un médico, cómo se forma hoy y cómo debería formarse. Empiezo por aquí porque es lo que viví. Lo cuento completo, sin filtros, en Médicos, semidioses.

Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *