Son las tres de la madrugada. Llevo casi veinte horas despierto y por fin logré caer en ese sueño ligero, de duermevela, que apenas te cobija durante un turno de cirugía. Suena el despertador del celular. Toca levantarse a colocar sondas nasogástricas y vesicales a los pacientes que operan temprano.
Pies descalzos sobre el piso frío. Agua helada en la cara para espantar el sueño. Pasillos vacíos. Despertar a un paciente para explicarle, con toda la amabilidad que me queda, que le voy a pasar un tubo por la nariz hasta el estómago y otro por la uretra hasta la vejiga. Media hora, cuarenta y cinco minutos por persona. Y después, la ronda de la mañana. Y después, el día completo. Más de treinta horas seguidas.
Nadie en ese hospital pensaba que eso fuera un problema. Era el internado.
Granos de arena en los ojos
El cansancio de guardia tiene una textura que cualquier médico reconoce: es como llevar granos de arena en los ojos. Ni la adrenalina de una emergencia lo quita del todo. A la mañana siguiente, el espejo del baño te devuelve ojos rojos y ojeras de mapache, y tú compones la mejor sonrisa que te permiten los músculos entumecidos para empezar otra jornada.
Y lo celebrábamos. Ver entrar la luz del sol por la ventana después de una noche de guardia era casi una epifanía, como cuando de niño se acababa el miedo a la oscuridad. Nos sentíamos sobrevivientes.
El paciente no sabe nada de esto. El paciente que llega a las cinco de la mañana ve una bata blanca y da por hecho que quien la lleva está entero.
Al médico no le permitimos un mal día
Como sociedad le exigimos al médico excelencia permanente: que esté siempre al cien por ciento, a cualquier hora, en la hora treinta de un turno igual que en la primera. Al piloto le contamos las horas de vuelo. Al conductor de autobús, las horas al volante. Al médico, no. Al médico no le permitimos un mal día, pero tampoco le preguntamos cuántas horas lleva sin dormir.
La evidencia no deja mucho espacio para la épica. Un estudio publicado en el New England Journal of Medicine en 2004 (Landrigan y colaboradores) encontró que los internos con turnos tradicionales de más de veinticuatro horas cometían un 35,9 % más de errores médicos graves que con horarios reducidos. Y una revisión sistemática publicada en JAMA Internal Medicine en 2018 (Panagioti y colaboradores) asoció el agotamiento profesional del médico con aproximadamente el doble de incidentes de seguridad del paciente.
No es una cuestión de voluntad. Es fisiología. El cerebro privado de sueño se equivoca más, y lo hace sin darse cuenta.
No es una queja
No escribo esto para que alguien le tenga lástima al médico. El personal de salud no es víctima, y quien elige esta carrera sabe que el hospital no cierra de noche. Las guardias existen porque la enfermedad no respeta horarios, y tienen que existir.
La discusión no es si hay que trabajar duro. Es si tiene sentido diseñar la formación como si el agotamiento fuera parte del aprendizaje. Esa idea de que la historia clínica escrita a las dos de la mañana, sin dormir y sin comer, te hace mejor médico. No te hace mejor médico. Te hace un médico más cansado, atendiendo a un paciente que merecía otra cosa.
Lo que se puede cambiar
No hace falta inventar nada. Hace falta decidirlo:
- Turnos con un límite real, no solo en el papel, y un descanso después de la guardia que se respete.
- Traspasos de pacientes bien hechos, porque cada cambio de turno es un punto donde la información se pierde.
- Supervisión real en la madrugada, para que el interno de la hora veinte no decida solo.
- Y una cultura en la que decir «estoy demasiado cansado para hacer esto con seguridad» sea un acto de responsabilidad y no una confesión de debilidad.
Firmeza en la formación, sí. Heroísmo a costa del paciente, no.
Esta es una entrega de la serie Formación médica. Las guardias, las sondas de madrugada y los amaneceres del internado los cuento completos en Médicos, semidioses.
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